domingo, julio 10, 2011

Ciudad de Lobos

Ciudad de Lobos

¿Qué harías si por mucho que investigaras un extraño suceso no encontrases una explicación?
Martín, un experimentado meteorólogo de 25 años, llevaba un tiempo buscando el motivo de que durante cierto tiempo y sólo por algunos lugares hubiera unas lluvias torrenciales y no llegase la luz del sol. Esas lluvias seguían un patrón durante todo el año, siempre pasaban por los mismos sitios.
Martín, aunque tuviera poca edad, había sacado buenas notas en la universidad más prestigiosa de Europa, la Universidad de Gales, y desde pequeño se había sentido muy atraído por los sucesos paranormales relacionados con el tiempo. A los dieciocho años, después de haber encontrado uno, según él muy extraño e importante, se puso a buscar información sobre los factores que lo causaban. Investigó libros, periódicos viejos, antiguas leyendas y otras cosas de donde pudiera sacar algo interesante y relevante.
Viajó por todo el mundo y siguió a las lluvias. Una noche llegó a una antigua ciudad maya y se dio cuenta de que dejó de llover; de que no daba la luz de la luna, era como si estuviese tapada por algo. Miró al cielo, parecía que era una noche oscura de tormenta, lo que provocaba que quien mirase hacia arriba no viese lo que ocurría. Sin pensárselo dos veces, el joven meteorólogo cogió una linterna de su mochila y, alumbrando el suelo y las escaleras para no tropezar, subió hasta la cima de la pirámide más alta que había lo más rápido que pudo. Después  de escalar durante casi media hora, llegó a la parte superior. Allí descubrió una plataforma flotante llena de carne y agua. En ella también viajaban cinco lobos grises. Al verlo, los lobos erizaron los pelos del lomo y le enseñaron los colmillos. Martín, muy asustado, abandonó la idea de echar a correr escaleras abajo, le alcanzarían antes de llegar al final y corría el peligro de caer rodando. Uno de los lobos se adelantó y debió de decirles algo a los demás, porque retrocedieron. El animal siguió acercándose a Martín y éste, en un último intento de protegerse, le alumbró a los ojos con la linterna. Para asombro del muchacho el lobo no retrocedió, es más, siguió acercándose a él. Martín aumentó la potencia de la luz de la linterna y esta vez el lobo se paró. Estaban apenas separados tres metros cuando de repente el animal se abalanzó sobre el joven. Ambos cayeron al suelo de golpe, armando un gran estruendo. El lobo gris puso las patas delanteras a los lados de la cabeza del meteorólogo para impedirle cualquier movimiento brusco que intentara hacer para huir o herirlo y fijó sus pequeños ojos amarillos en los de Martín al mismo tiempo que, para asombro del muchacho, le preguntó:
-¿Quién eres tú, que nos has seguido en nuestro viaje, descubriendo el paradero de nuestros alimentos y dañando nuestros ojos? Mientras hablaba, dejaba escapar de vez en cuando algún gruñido de advertencia que informaba del peligro que podía correr Martín si no contestaba.
-Mi… mi nombre es… es Martín -le respondió él tartamudeando por el miedo que le atenazaba todo el cuerpo. - Soy un meteorólogo que quería saber que pasaba con las lluvias que recorren el planeta, pero si usted quiere me marcharé sin decir nada a nadie y no volverán a saber nada de mí.
Cuando terminó de hablar esperó la respuesta del lobo, que se había quedado pensando en sus palabras. Al cabo de un rato el animal decidió algo.
-Yo me llamo Zarvián, el Vigía de la Leyenda Eterna, pero llámame Zar. Soy el Guardián de la Paz de la Ciudad de los Lobos o Nube Errante para los antiguos mayas.
Al terminar de presentarse bajó la cabeza a modo de saludo. Zar se enderezó y soltó a Martín, dejando que éste se levantara del suelo. Luego se dio la vuelta y aulló algo al resto que dejando de gruñir, volvieron a llenar la plataforma con los suministros.
Martín, un poco más tranquilo pero con más curiosidad que antes empezó a preguntar:
-¿Qué es eso de la Ciudad de los Lobos o Nube Errante?
-Es lo que llevas persiguiendo todo este tiempo y nuestro hogar -le contestó Zarvián dejando un cubo con carne en el suelo.
-¿De dónde sacáis los alimentos y la bebida?
-Es un humano que vive en una de estas pirámides, un descendiente de los mayas que aquí vivían -le contó Zar. –Se encarga de cazar conejos, ciervos, jabalíes y otros animales y de llenar cubos de agua que va subiendo hasta aquí durante todo el año. Cuando llega esta época nosotros venimos, recogemos los suministros y a cambio le entregamos una cría de lobo que le hace compañía y que él se encarga de cuidar y educar para que se convierta en el nuevo señor de alguna de las doce manadas que habitan en la ciudad.
La curiosidad de Martín ya estaba un poco mitigada pero seguía queriendo saber más.
Zarvián siguió cargando cubos pero se lo pensó mejor porque paró y soltó el que llevaba en la boca y volvió a acercarse al muchacho.
-¿Nos podrías hacer un favor? –le preguntó.
-¿Si? –inquirió Martín.
-Ayúdanos a cargar la plataforma con todo esto y haremos lo posible para ayudarte a cumplir un deseo –respondió el lobo.
-Vale –aceptó satisfecho.
Martín tenía bastante fuerza y al tener dos brazos hacía el trabajo el doble de deprisa que los cinco lobos con sólo la boca. Al cabo de un cuarto de hora la placa estaba llena y la pirámide, vacía. Cuando terminaron, Martín pensó en que todo quedaría olvidado cuando se despidieran y no habría resuelto el extraño motivo de las lluvias que provenían de la Ciudad de los Lobos.
Zarvián se dirigió al meteorólogo.
-¿Cuál es tu deseo joven humano? –preguntó el lobo.
En ese momento, al muchacho se le ocurrió una idea y con ella su deseo.
-Llevadme con vosotros a vuestra ciudad, así podré observar con mis propios ojos la Nube Errante desde arriba y podré ver cómo vivís –dijo Martín emocionado.
-¿Pero qué comerás, dónde dormirás en las noches oscuras y cómo te mantendrás a salvo de los lobos más agresivos que no acepten tu estancia en nuestro hogar? –inquirió Zar preocupado por él.
-Puedo cocinar la carne en una hoguera y tengo un saco de dormir –repuso Martín.
Aunque el Vigía de la Leyenda Eterna no sabía qué era hoguera ni qué era un saco de dormir, acabó por darle permiso para visitar la ciudad durante un tiempo.
Se colocaron en la placa de metal y ascendieron hasta el hogar de los lobos con el alimento que debía durar hasta el siguiente año. Entraron por un hueco con forma cuadrada por el que subieron durante un minuto sólo iluminados por un pequeño rayo de luna que se colaba a través del orificio.
Cuando alcanzaron la superficie, Martín se vio rodeado por decenas de lobos de diferentes tamaños y colores. Los más jóvenes le olfateaban y se acercaban con un poco de miedo instintivo pero con la curiosidad propia de su edad. En cambio, los adultos le amenazaban y otros pedían explicaciones al Guardián de la Paz, Zarvián, porque según ellos había roto la promesa de mantener la Nube Errante a salvo.


De repente todos, hasta los más pequeños, callaron. En medio de aquella congregación había aparecido un enorme lobo blanco que se acercaba a Martín con la elegancia de un unicornio. El hermoso animal empezó a hablar. Su voz estaba en armonía con su porte elegante, era de volumen medio pero hacía enmudecer hasta al más inquieto ser vivo. Tenía un tono alegre pero transmitía seriedad y antigua sabiduría.
-Bienvenido a nuestra casa, Martín –dijo el lobo. –Siento que te hayan tratado así, pero es sólo una medida de seguridad. Mi nombre es Armilian, el que siguió la Luz, rey de la ciudad de los lobos y el que mantiene la unión de las doce manadas.
-Es un placer conocerle majestad –dijo Martín arrodillándose ante Armilian. –No quería alterar a los pobladores de esta maravilla de reino, pero la curiosidad me comía las entrañas y también las ganas de aprender cómo está construida vuestra morada.
-La curiosidad y las ganas de aprender a veces son peligrosas e imposible de saciar muchacho – le advirtió. –Pero respecto a las ganas de aprender te puedo ayudar.
-¿Usted la construyó? –preguntó el joven meteorólogo.                                         
-No –negó Armilian produciendo un ladrido parecido a una risa. –Fue un antiguo habitante maya, amigo de mis antepasados que gracias a unos viejos papiros egipcios construyó la Nube Errante con la ayuda de sus dioses y nos la regaló hace siglos. Otra cosa, puedes quedarte aquí hasta que llegue la puesta de sol del día siguiente y explorar nuestro territorio y una biblioteca donde se guardan todos nuestros conocimientos y el de los mayas.
-¿Y no podré volver nunca más?–dijo Martín alarmado.
-Dos días al año, cuando volvamos aquí, te esperaremos –le tranquilizó. –Estás destinado a ello, por eso sabía tu nombre, por eso sabía de tu llegada y por eso volverás si quieres.
-¿Cómo lo sabías?
-En esos papiros de los que te he hablado aparecía esa información.
Martín, enterado de todo lo que quería saber por ahora, se puso a explorar todo lo que encontraba a su paso. Entró en una de las cuevas donde vivía una familia de lobos que le dejaron mirarla. Todas tenían la entrada en el tronco de un árbol, eran grandes y estaban llenas de hierba seca para no pasar frío y estar cómodos.
El suelo de la Nube Errante no era blando y blanco como el de una nube real, sino un campo de césped natural, había vida como si estuviera en la superficie terrestre.
La biblioteca era el único edificio en toda la ciudad, construido por el primer humano que subió hasta allí. Estaba lleno de historias y leyendas mayas pero también de información de cómo se hizo todo lo que se podía encontrar en aquella extraña tierra flotante.
Cuando llegó la hora de marcharse, Martín se despidió de Zarvían, de Armilian y del resto de lobos. Pero ese adiós no era para siempre, pensó, volvería al año que viene a seguir buscando nuevas historias y relatos antiguos pero hermosos.

2 comentarios:

daniel dijo...

Muy bueno Arya. Me ha gustado muchísimo.

Un beso.

Arya Sennel dijo...

Me alegro daniel ^^ Gracias :)
Besitos!