Hola, hola. Bienvenidos a este blog de relatos, poemas y locuras, a este refugio donde lanzo palabras al vacío. Estáis invitados a perderos por una parte de mí, donde espero que encontréis entretenimiento. Adelante, todo vuestro.
jueves, agosto 11, 2011
You, boy, just, never go out of my life
domingo, julio 10, 2011
Ciudad de Lobos
Ciudad de Lobos
¿Qué harías si por mucho que investigaras un extraño suceso no encontrases una explicación?
Martín, un experimentado meteorólogo de 25 años, llevaba un tiempo buscando el motivo de que durante cierto tiempo y sólo por algunos lugares hubiera unas lluvias torrenciales y no llegase la luz del sol. Esas lluvias seguían un patrón durante todo el año, siempre pasaban por los mismos sitios.
Martín, aunque tuviera poca edad, había sacado buenas notas en la universidad más prestigiosa de Europa, la Universidad de Gales, y desde pequeño se había sentido muy atraído por los sucesos paranormales relacionados con el tiempo. A los dieciocho años, después de haber encontrado uno, según él muy extraño e importante, se puso a buscar información sobre los factores que lo causaban. Investigó libros, periódicos viejos, antiguas leyendas y otras cosas de donde pudiera sacar algo interesante y relevante.
Viajó por todo el mundo y siguió a las lluvias. Una noche llegó a una antigua ciudad maya y se dio cuenta de que dejó de llover; de que no daba la luz de la luna, era como si estuviese tapada por algo. Miró al cielo, parecía que era una noche oscura de tormenta, lo que provocaba que quien mirase hacia arriba no viese lo que ocurría. Sin pensárselo dos veces, el joven meteorólogo cogió una linterna de su mochila y, alumbrando el suelo y las escaleras para no tropezar, subió hasta la cima de la pirámide más alta que había lo más rápido que pudo. Después de escalar durante casi media hora, llegó a la parte superior. Allí descubrió una plataforma flotante llena de carne y agua. En ella también viajaban cinco lobos grises. Al verlo, los lobos erizaron los pelos del lomo y le enseñaron los colmillos. Martín, muy asustado, abandonó la idea de echar a correr escaleras abajo, le alcanzarían antes de llegar al final y corría el peligro de caer rodando. Uno de los lobos se adelantó y debió de decirles algo a los demás, porque retrocedieron. El animal siguió acercándose a Martín y éste, en un último intento de protegerse, le alumbró a los ojos con la linterna. Para asombro del muchacho el lobo no retrocedió, es más, siguió acercándose a él. Martín aumentó la potencia de la luz de la linterna y esta vez el lobo se paró. Estaban apenas separados tres metros cuando de repente el animal se abalanzó sobre el joven. Ambos cayeron al suelo de golpe, armando un gran estruendo. El lobo gris puso las patas delanteras a los lados de la cabeza del meteorólogo para impedirle cualquier movimiento brusco que intentara hacer para huir o herirlo y fijó sus pequeños ojos amarillos en los de Martín al mismo tiempo que, para asombro del muchacho, le preguntó:
-¿Quién eres tú, que nos has seguido en nuestro viaje, descubriendo el paradero de nuestros alimentos y dañando nuestros ojos? Mientras hablaba, dejaba escapar de vez en cuando algún gruñido de advertencia que informaba del peligro que podía correr Martín si no contestaba.
-Mi… mi nombre es… es Martín -le respondió él tartamudeando por el miedo que le atenazaba todo el cuerpo. - Soy un meteorólogo que quería saber que pasaba con las lluvias que recorren el planeta, pero si usted quiere me marcharé sin decir nada a nadie y no volverán a saber nada de mí.
Cuando terminó de hablar esperó la respuesta del lobo, que se había quedado pensando en sus palabras. Al cabo de un rato el animal decidió algo.
-Yo me llamo Zarvián, el Vigía de la Leyenda Eterna, pero llámame Zar. Soy el Guardián de la Paz de la Ciudad de los Lobos o Nube Errante para los antiguos mayas.
Al terminar de presentarse bajó la cabeza a modo de saludo. Zar se enderezó y soltó a Martín, dejando que éste se levantara del suelo. Luego se dio la vuelta y aulló algo al resto que dejando de gruñir, volvieron a llenar la plataforma con los suministros.
Martín, un poco más tranquilo pero con más curiosidad que antes empezó a preguntar:
-¿Qué es eso de la Ciudad de los Lobos o Nube Errante?
-Es lo que llevas persiguiendo todo este tiempo y nuestro hogar -le contestó Zarvián dejando un cubo con carne en el suelo.
-¿De dónde sacáis los alimentos y la bebida?
-Es un humano que vive en una de estas pirámides, un descendiente de los mayas que aquí vivían -le contó Zar. –Se encarga de cazar conejos, ciervos, jabalíes y otros animales y de llenar cubos de agua que va subiendo hasta aquí durante todo el año. Cuando llega esta época nosotros venimos, recogemos los suministros y a cambio le entregamos una cría de lobo que le hace compañía y que él se encarga de cuidar y educar para que se convierta en el nuevo señor de alguna de las doce manadas que habitan en la ciudad.
La curiosidad de Martín ya estaba un poco mitigada pero seguía queriendo saber más.
Zarvián siguió cargando cubos pero se lo pensó mejor porque paró y soltó el que llevaba en la boca y volvió a acercarse al muchacho.
-¿Nos podrías hacer un favor? –le preguntó.
-¿Si? –inquirió Martín.
-Ayúdanos a cargar la plataforma con todo esto y haremos lo posible para ayudarte a cumplir un deseo –respondió el lobo.
-Vale –aceptó satisfecho.
Martín tenía bastante fuerza y al tener dos brazos hacía el trabajo el doble de deprisa que los cinco lobos con sólo la boca. Al cabo de un cuarto de hora la placa estaba llena y la pirámide, vacía. Cuando terminaron, Martín pensó en que todo quedaría olvidado cuando se despidieran y no habría resuelto el extraño motivo de las lluvias que provenían de la Ciudad de los Lobos.
Zarvián se dirigió al meteorólogo.
-¿Cuál es tu deseo joven humano? –preguntó el lobo.
En ese momento, al muchacho se le ocurrió una idea y con ella su deseo.
-Llevadme con vosotros a vuestra ciudad, así podré observar con mis propios ojos la Nube Errante desde arriba y podré ver cómo vivís –dijo Martín emocionado.
-¿Pero qué comerás, dónde dormirás en las noches oscuras y cómo te mantendrás a salvo de los lobos más agresivos que no acepten tu estancia en nuestro hogar? –inquirió Zar preocupado por él.
-Puedo cocinar la carne en una hoguera y tengo un saco de dormir –repuso Martín.
Aunque el Vigía de la Leyenda Eterna no sabía qué era hoguera ni qué era un saco de dormir, acabó por darle permiso para visitar la ciudad durante un tiempo.
Se colocaron en la placa de metal y ascendieron hasta el hogar de los lobos con el alimento que debía durar hasta el siguiente año. Entraron por un hueco con forma cuadrada por el que subieron durante un minuto sólo iluminados por un pequeño rayo de luna que se colaba a través del orificio.
Cuando alcanzaron la superficie, Martín se vio rodeado por decenas de lobos de diferentes tamaños y colores. Los más jóvenes le olfateaban y se acercaban con un poco de miedo instintivo pero con la curiosidad propia de su edad. En cambio, los adultos le amenazaban y otros pedían explicaciones al Guardián de la Paz, Zarvián, porque según ellos había roto la promesa de mantener la Nube Errante a salvo.

De repente todos, hasta los más pequeños, callaron. En medio de aquella congregación había aparecido un enorme lobo blanco que se acercaba a Martín con la elegancia de un unicornio. El hermoso animal empezó a hablar. Su voz estaba en armonía con su porte elegante, era de volumen medio pero hacía enmudecer hasta al más inquieto ser vivo. Tenía un tono alegre pero transmitía seriedad y antigua sabiduría.
-Bienvenido a nuestra casa, Martín –dijo el lobo. –Siento que te hayan tratado así, pero es sólo una medida de seguridad. Mi nombre es Armilian, el que siguió la Luz, rey de la ciudad de los lobos y el que mantiene la unión de las doce manadas.
-Es un placer conocerle majestad –dijo Martín arrodillándose ante Armilian. –No quería alterar a los pobladores de esta maravilla de reino, pero la curiosidad me comía las entrañas y también las ganas de aprender cómo está construida vuestra morada.
-La curiosidad y las ganas de aprender a veces son peligrosas e imposible de saciar muchacho – le advirtió. –Pero respecto a las ganas de aprender te puedo ayudar.
-¿Usted la construyó? –preguntó el joven meteorólogo.
-No –negó Armilian produciendo un ladrido parecido a una risa. –Fue un antiguo habitante maya, amigo de mis antepasados que gracias a unos viejos papiros egipcios construyó la Nube Errante con la ayuda de sus dioses y nos la regaló hace siglos. Otra cosa, puedes quedarte aquí hasta que llegue la puesta de sol del día siguiente y explorar nuestro territorio y una biblioteca donde se guardan todos nuestros conocimientos y el de los mayas.
-¿Y no podré volver nunca más?–dijo Martín alarmado.
-Dos días al año, cuando volvamos aquí, te esperaremos –le tranquilizó. –Estás destinado a ello, por eso sabía tu nombre, por eso sabía de tu llegada y por eso volverás si quieres.
-¿Cómo lo sabías?
-En esos papiros de los que te he hablado aparecía esa información.
Martín, enterado de todo lo que quería saber por ahora, se puso a explorar todo lo que encontraba a su paso. Entró en una de las cuevas donde vivía una familia de lobos que le dejaron mirarla. Todas tenían la entrada en el tronco de un árbol, eran grandes y estaban llenas de hierba seca para no pasar frío y estar cómodos.
El suelo de la Nube Errante no era blando y blanco como el de una nube real, sino un campo de césped natural, había vida como si estuviera en la superficie terrestre.
La biblioteca era el único edificio en toda la ciudad, construido por el primer humano que subió hasta allí. Estaba lleno de historias y leyendas mayas pero también de información de cómo se hizo todo lo que se podía encontrar en aquella extraña tierra flotante.
Cuando llegó la hora de marcharse, Martín se despidió de Zarvían, de Armilian y del resto de lobos. Pero ese adiós no era para siempre, pensó, volvería al año que viene a seguir buscando nuevas historias y relatos antiguos pero hermosos.
martes, mayo 31, 2011
Girar el reloj
Girar el reloj
Dejar que la arena vaya al revés.
Regresar a aquellos días donde lo que más dolía era perder una partida a los tazos o que descubriesen tu escondrijo para jugar al escondite.
Cuando conseguías amigos con solo una sonrisa; cuando el amor era una cosa de mayores y no hacía sufrir; no alejaba amistades, ni por celos ni nostalgia.
Volver a aquellos lugares recogiendo los recuerdos más inocentes que olvidamos, creyendo que nos esperarían para siempre; al igual que todas esas personas que prometieron estar ahí, que nunca se marcharían, pero que ahora, estando cerca, a sólo unos metros, son totalmente desconocidas, separándonos con un muro tan grande que no se ven ni los bordes.
Quiero una máquina del tiempo que me deje revivir desde el principio los momentos que perdí, los que no aproveché por la poca importancia que les di. Ahora mirar atrás, con una mínima sabiduría más, nos hace observar que daríamos todo por regresar, por echarle valor y hablar, por sacar del cajón hasta la última palabra que olvidamos liberar.
lunes, mayo 16, 2011
Mi baúl de secretos
Mi baúl de secretos
No sé si seguiré aquí cuando sepas echarme de menos,
ya no seré la misma que creía en amores de ensueño.
No soy aquella que fingía no tener celos,
tampoco la que imaginaba el "fueron felices" de los cuentos.
Quizás quiera volver a buscarlo de nuevo
y tal vez rellene de olvido y sentimientos mi baúl de secretos.
A lo mejor mi corazón se cansa de cualquier juego.
No quedará nada de la chica que almacenaba nuestros momentos.
La paciencia se acaba y la experiencia muestra su efecto.
Lo que deseo quiere volar como un pájaro que rompe el huevo
.
A todo lo que quiero hacer me dicen que no debo.
Pero aún así, cuando me alejo, todavía espero que aprendas a echarme de menos.
lunes, diciembre 20, 2010
La hija de la Navidad
La hija de la Navidad
Con una mano sujetaba contra su cadera una bandolera roja y verde, llena hasta los topes de miles de cartas que debían de llegar a la fábrica antes de medianoche. Con la otra sostenía en alto un pequeño farol que iluminaba su camino. En ese momento, como recordatorio de su tardanza, en algún lugar del pueblo cercano, empezaron a sonar las campanas que marcaban las diez y media de la noche de ese frío 24 de diciembre. Tenía menos de media hora para alcanzar el trineo que le esperaba al final del bosque que marcaba el final de la población humana y el principio de un territorio helado e inhóspito. O eso parecía.
Las piernas cortas de la muchacha se movían con rapidez por la nieve blanca y virgen, dejando unas huellas pequeñas que desaparecían como por arte de magia. Sus pies estaban protegidos por unas raras botas de piel rojiza que parecían flotar sobre el suelo y tras su espalda ondeaba una capa verde con una capucha que tapaba su rostro por encima del gorro. Hubo un instante en el que la capucha se resbaló hasta sus hombros, dejando a la luz de la luna su rostro pálido de labios finos, nariz aguileña y ojos rasgados de color verde esmeralda.
Kynei, que así se llamaba la chica, era bastante bajita y en poco tiempo cumpliría 17 inviernos. Llevaba un rato deslizándose por entre los árboles, abetos en su mayoría, apenas alterando a los pocos animales que no hibernaban. Pronto divisó el pequeño trineo con cinco perros y una figura acurrucada con una capa blanca y un farolillo encendido.
-¡Ya estoy, ya estoy! –gritó la muchacha.
La otra persona se giró, mirándola con mala cara. Se agitó como un perrito, provocando una lluvia blanca.
-Kynei, llevas mínimo dos horas de retraso –le bufó-. Estoy congelado, creo que voy a perder todos los dedos, las orejas y la punta de la nariz.
-Anda, no te quejes tanto, que te ofreciste voluntario –replicó Kynei subiéndose al trineo, agarrándose a la cintura de su acompañante, quien conducía a los perros.
Los dos faroles iban colgados en un enganche del trineo.
-Porque eras tú, pero no sé si te lo mereces después de todo, ni siquiera me has saludado como es debido.
-Qué quejica eres, Norlak –le dijo Kynei apretando su agarre suavemente-. Sabes que como mi padre nos pille, no metemos en un buen lío. Creo que de la misma magnitud del que me va a caer como no llegue a tiempo a la fábrica, así que acelera un poco.
-A sus órdenes, mi capitana –Norlak azuzó a los canes, que corrían con la lengua fuera, emocionados-. Kynei…
-¿Sí?
-He estado pensando…
-¡Qué raro! –exclamó ella de forma burlesca-. Tú pensando.
-Kynei, por una vez en tu vida, tómame en serio, aunque sea porque hoy es la víspera de Navidad –dijo con gran paciencia el pobre. Al no escuchar réplica por parte de su pasajera, continuó-. Verás, se me ha ocurrido una idea. Tu padre cumple deseos, ¿no? Por decirlo así, si alguien le pide algo el día de Navidad y está en sus manos cumplirlo, su deber es hacerlo realidad, no se puede negar a ellos mientras sean peticiones inocentes, ¿verdad?
-Sí, más o menos esa es la cosa –asintió ella-. ¿A qué viene eso ahora?
-Incluso alguien como yo puede pedir su regalo navideño, ¿no es cierto? ¿O hay alguna pega? –Norlak ignoró su pregunta.
-No, que yo sepa algunos de los tuyos le piden cosas. Es más, él mismo las lee en persona, ya que suelen ser deseos no materiales. Aunque no es normal que viviendo con nosotros y haciendo su trabajo quieran algo más de lo que tienen.
-Genial, entonces no hay problema alguno –dijo el muchacho encapuchado con alegría-. Por fin tendré el mejor regalo de Navidad que pueda desear alguien.
-Norlak, eres el elfo más raro que he conocido en toda mi vida. Y mira que conozco muchos.
-Ya, pero aún así a mi me quieres más que a los otros –presumió él.
Kynei le dio un coscorrón y él se quejó.
-Tienes razón, te quiero más que a nadie.
El silencio se instaló entre ellos, sólo se oía el deslizar de los esquíes del trineo por la nieve y los jadeos de los perros y sus patas. Al menos, no era incómodo, sino de esos tranquilos en los que no hacía falta hablar para decirse las cosas.
Un rato después, en la oscura y fría noche, vislumbraron unas luces que rompían el patrón negro que era el horizonte. Kynei miró el reloj con cuidado de no molestar a Norlak: eran once y cuarto. Llegarían por los pelos para que los regalos estuviesen a tiempo. Ante ellos había un enorme edificio rodeado de pequeñas instalaciones y casitas. Era todo un poblado alrededor de la fábrica, con sus tiendas y escuelas. A ojos de un humano todo aquello no era más que un territorio vasto desolado por el frío. Pero ellos no lo eran, ni tampoco los habitantes que corrían de un lado a otro con montones de paquetes de variados tamaños.
Pronto entraron en las callejuelas, pero Norlak no descendió de velocidad y algunos elfos con los que se encontraron tuvieron que apartarse para no ser atropellados. Zigzaguearon rápidamente y ascendieron por el camino que llevaba a la puerta principal del edificio y entraron por ella hasta el patio central. Kynei se bajó del trineo casi en marcha, se echó la capucha para atrás y se sacudió la nieve de la capa.
-Ahora te veo –le dijo en un susurro a su taxista particular. Le dio un suave beso en la comisura de los labios y se marchó corriendo, sin saber que en su bandolera una carta de más iba a llegar a su padre con letra élfica.
Kynei ascendió hasta la parte más alta de la fábrica, una pequeña terraza. Se acercó al borde del muro, se quitó la bandolera y la abrió. Volcó las cartas en el aire y sonrió cuando todas se quedaron flotando ante ella. Los papeles vibraban como con vida propia, unos más que otros, dependiendo de la emoción de sus dueños. Una en especial le llamó la atención, ya que no vibraba, literalmente parecía dar brincos. Se encogió de hombros, pensando en lo rara que era la situación, pero le restó importancia. Extendió los brazos, cerró los ojos y chascó los dedos. Las cartas se abrieron y salieron disparadas hacia diferentes lugares del poblado.
Cuando Kynei abrió los ojos, observó que la que le sorprendió seguía parada ante ella, impaciente.
-¿Qué haces ahí quieta? –le inquirió mosqueada-. ¡Vamos, fuera! Que no tengo toda la noche.
La chica la azuzó para que se marchase. La carta dio una vuelta a su alrededor, rozó su mejilla y partió tranquilamente, en dirección al despacho de su padre.
-Lo que me faltaba –gruñó Kynei-. Tanta magia de Navidad que hasta las cartas piensan solas.
En ningún momento se le ocurrió relacionar el destino de la petición con la pregunta de Norlak.
Mientras, este último, con una sonrisa tonta en la cara, se había marchado a su casa. Con tranquilidad, preparó la humilde mesa del salón para dos con la mejor vajilla que tenía y se puso a cocinar sus más deliciosos platos. Nada ni nadie le amargaría la noche de Navidad ni los siguientes días.
En otro lugar, en un despacho de colores vistosos y lleno de papeles, un hombre de aspecto bonachón, espesa barba blanca y voluminoso vientre, maldecía mil y una vez su deber para con los elfos. Estaba esperando paciente a que tocasen las campanadas que marcaban el fin del día para ponerse a trabajar, cuando una última carta importante llegó a su mesa. Según la fue leyendo, su rostro se ensombreció y sus manos se crisparon arrugando el folio. Sabía que no podía negarse a cumplir aquel único deseo, pero no era por falta de ganas. Sin duda no lo era.
De repente, las campanas repicaron. Era la hora, el momento en el que la magia navideña cumplía deseos inocentes. Aunque el último a él no le parecía para nada inocente. Se levantó del sillón, se adecentó su traje rojo y blanco se puso su gorro y cogió su bastón. Golpeó dos veces en el suelo con él y apareció frente a un enorme trineo con un saco, que aunque no lo parecía, tenía regalos para un mundo entero. Cosas de magia. Los últimos elfos terminaron de dejar en su sitio los regalos restantes y él se subió a su asiento. Agarró las riendas de los renos y las sacudió. Soltó su más que conocido “Jo jo jo, feliz Navidad”, arrancando una sonrisa de los allí presentes, y partió a dejar felicidad por todo el planeta.
De camino a casa de Norlak, Kynei vio como su padre se marchaba, produciéndole curiosidad cuando, al pasar por su propio destino, dejó caer algo desde su trineo. Al llegar, tocó con los nudillos la puerta y el elfo de ojos azules zafiro le abrió. Antes de que pudiese saludarle, Norlak le tapó los ojos con un pañuelo y juntó sus labios ansiosos. Aún unidos por el beso, entraron en la casa hasta el salón. Kynei estaba sorprendida, ya que él siempre respetaba las reglas.
Norlak la hizo sentarse en una silla y encendió unas velas. Cogió de la repisa de la chimenea una cajita verde, la abrió y sacó un colgante con un corazón de diamante y cadena de plata. Lo puso en el frágil cuello de la chica y ella se estremeció ante el contacto frío de la piedra y el metal. Luego, le soltó la venda.
Kynei miró a su alrededor emocionada. Le miró a los ojos con un sentimiento indescriptible en iluminando sus pupilas.
-¿Qué significa todo esto?
-Por fin soy libre de estar contigo cuando quiera, para lo que quiera y donde quiera –dijo él sonriente-. Tu padre no podrá poner ninguna pega por mucho que sea el señor de la Navidad y de la nieve.
-¿Cómo?
-¿Sabes cuál fue mi petición? –Norlak estaba que no cabía en si de gozo-. Te pedí a ti. Por encima de las órdenes de tu padre y de todo lo que se quiera interponer.
Kynei agarró con cariño el colgante y volvió a besar al elfo con amor. Como buen caballero, él se apartó y sirvió la cena. Comieron con tranquilidad. La noche aún sería muy larga para los dos.
sábado, octubre 30, 2010
Hijos del orden y el caos
Hijos del orden y el caos
-Hermano, que sorpresa verte por estos lares.
El hombre al que se dirigía le lanzó una irónica sonrisa.
-Ya ves, aunque seguro que ya lo tenías previsto de antemano –respondió éste entrando por fin en la oscuro sala que había ante él-. Igual podías haberme ahorrado este viaje e ir tú a buscarme.
-Sabes que estar allí me levanta dolor de cabeza –replicó el primero levantándose de su cómodo asiento.
Estiró el cuello entumecido y extendió la pesada carga de su espalda. La terrorífica magnificencia de sus alas ensombreció su rostro puro.
-Y a mí estar aquí me atufa la nariz durante días, no sé como tú y tus acólitos soportáis este olor tan… fétido –dijo el visitante, sin sorprenderse ni nada que alterase su estoico gesto.
-Hermano, hermano, hermanito, que poco sabes apreciar las cosas de la eternidad. ¿Hace cuánto que no nos veíamos? ¿Cinco, o tal vez seis siglos? –preguntó acercándose al hombre que le acompañaba. Sus rostros eran muy similares, pero donde uno era oscuridad, el otro era luz-. Creo que siempre acabamos opinando sobre nuestros hogares. Serán cosas de la edad, ¿no crees?
-Luc, tenemos cosas importantes sobre las que hablar, que creo que ya no se pueden retrasar más –repuso cortando los desvaríos de su anfitrión-. Hace mucho que empezamos a ver que esto se nos iba de las manos.
-¿Pero de qué te preocupas? –inquirió clavándole sus ojos negros-. Ese mundo ya está consumido. Hay tanta maldad suelta que ni tú eres capaz de frenarla. Y te aseguro que ni yo ni nadie de mi gente ha intervenido más que en épocas anteriores. Nosotros sólo lo hacemos porque es nuestra forma de vida, es lo que somos, pero ellos sólo quieren dañar porque sí. ¡A su propia raza mísera y cruel!
-¡Quién te escuchara, hermano! –exclamó asombrado-. El mismísimo diablo hablando mal de la crueldad.
-Odio que precisamente tú me llames así –gruñó el de las alas negras-. Me conoces mejor que nadie. ¿Cómo debería llamarte entonces a ti? Tienes más nombres que yo: “El que todo lo ve”, Jehová, Alá, Buda, “El señor de los cielos”…
-¡Esos humos, Luc! Perdona, sólo era una broma de mal gusto.
Luc replegó las alas negras inspirando fuerte. Siempre que se encontraba le costaba manejar sus emociones; cosas de los polos opuestos.
-¿Seguimos con el asunto por el que he venido, por favor? –esta vez, fue el invitado quien se permitió extender unas hermosas alas brillantes, de un blanco prístino, que iluminaron levemente el habitáculo. Las batió suavemente, consiguiendo por parte de su hermano una mirada ceñuda.
-Jay, sólo una cosa antes, ¿no te cansas de presumir? Tus ángeles también tienes alas blancas.
-No me compares con los ángeles, ni siquiera con los arcángeles, hermano, o haré yo lo mismo contigo y tus demonios.
Ambos se callaron, sin duda no tenían comparación con sus inferiores y a parte, las discusiones de familia entre ellos podían resultar devastadoras para los demás. Ya lo habían comprobado más de una vez.
-¿Qué quieres que hagamos entonces? –dijo el diablo sentándose en un sillón mientras su hermano le imitaba en uno que había enfrente-. ¿Una criba mundial? ¿Un castigo ejemplar? ¿Algún tipo de amenaza relevante? Cualquiera de estas cosas será para nosotros un placer de cumplir, ya lo sabes.
-¿Crees que algo de eso servirá? ¿Después de tantos milenios sin conseguirlo? –Jay se revolvió el pelo blanco con desesperación-. Ya tuvimos la peste negra, la destrucción entera de Pompeya, los últimos terremotos, huracanes, tsunamis…
-Todo eso no fue hace mucho, pero quizás si probamos algo nuevo… -sugirió Luc con una oscura idea titilando en sus negras pupilas.
-Tanto dolor me hace daño, a mí y a los ángeles –Jay suspiró y dejó que sus cálidas alas le cubriesen levemente, de forma inútil para reprimir un escalofrío-. ¿De verdad no hay otra forma?
-Lo siento, hermano, no debí sugerir eso delante de ti.
Luc se levantó con un ligero brinco del sillón y se acercó a Jay. Apoyó su mano en el hombre del debilitado señor de los ángeles y le dio un leve apretón. Chasqueó los dedos de la otra mano y apareció sobre ella una pequeña voluta de humo. Su hermano levantó la vista y, sorprendido, la recogió cuando se él se la dio.
-Esa es una de las opciones –murmuró Luc, con sentimientos reencontrados matizando su voz.
Jay no dijo ni una palabra, apretó la voluta entre sus manos y cerró los ojos, sabiendo a lo que se refería, dispuesto a observarlo pero a través de los recuerdos del siniestro diablo.
Su mente viajó por el recuerdo que Luc le había prestado, una memoria de hacía millones y millones de años, pero que aún lo mantenía intacto como el primer día. Estaba ambientado en un lugar imposible de describir con palabras humanas, ni siquiera se acercaba a lo que se suele definir como el paraíso. Era una mezcla de orden y caos en su más puro significado, algo invisible a los ojos mortales, e incluso para inmortales como los ángeles y los demonios. Algo incomprensible para quien formara parte de la razón.
Un nudo de nostalgia y soledad se formó en el interior del observador. También estaba esa posibilidad: volver al principio de todo, regresar a aquel divino lugar de donde provenía toda existencia.
Sabía que si hacían eso, sólo ellos se salvarían del efecto que provocarían el caos y el orden al recuperar lo que aquella raza había conseguido alterar. Por algo ellos formaban parte de aquellas indefinidas magnitudes o lo que fuesen.
Eso era lo que a Jay más le dolía, el tener que dejar morir a miles de millones de seres que poseían la vida que él mismo intentaba preservar por encima de todo. ¡Qué irónico! Al final todo se dividía en eso: muerto o vida, mal o bien, Luc o él. Cosas opuestas pero tan necesariamente complementarias.
Antes de que Jay pudiese seguir divagando, la escena que se mostraba en su mente se convirtió en una que él también guardaba con aprecio. La primera vez que él y su hermano, poco después de despertar a su existencia, jugaron a crear y destruir diferentes cosas. Jay inventaba figuras, formas, palabras y seres. Luc las destruía para que su hermanito pudiera volver a empezar y no aburrirse ninguno de los dos. Juntos mantenían un equilibrio constante.
El problema empezó cuando crearon esa especie de tablero de juego, la Tierra. Cada uno hizo sus propias fichas, fabricadas a su imagen y semejanza: los ángeles y los demonios, lo más cercano a la perfección, pero negados al sumo control. Eran sólo eso, peones.
Luego estaban los demás componentes. Al principio formaron aquellos torpes animales, los dinosaurios. Comprobaron que no servían para mucho, así que Luc se encargó de dejar todo como al comienzo, para que Jay hiciera un nuevo intento y así empezar de nuevo. Podría decirse que quedaron en tablas.
Crear el conjunto que ambos deseaban era complicado, y a ojos mortales, muy largo, aunque sin duda no para ellos. Tenían una eterna paciencia que se vio recompensada cuando aparecieron los seres humanos. Descubrieron que si querían jugar, necesitaban dotarles de inteligencia, como a otros muchos seres, pero sobre todo, de curiosidad. Cuando los primeros hombres tomaron una conciencia propia, empezó la partida.
Luc, con sus demonios, debía complicar la vida de esos seres; torturarles mentalmente, conseguir odio, rencor, rabia, dolor… Todos aquellos sentimientos de los que se alimentaban sus siniestros peones. Cada vez que un alma humana iba al infierno, bajaba a formar parte de la reserva de “vidas”, parecido a un videojuego.
Por otro lado, Jay debía lograr lo contrario mediante sus ángeles. Su misión era mantener la Tierra en paz, que hubiese respeto, amor, amistad y todas esas cosas positivas que hacían vivir a los brillantes seres alados.
En realidad, ambas hermanos sabían que nunca ganaría ni perdería ninguno. Debía haber un equilibrio entre el caos y el orden siempre. En caso de que eso no ocurriese, podían suceder desgracias inimaginables. Por esa razón, cuando Luc descubrió que le llegaban más almas de lo normal, notaron que algo iba sumamente mal.
Poco a poco los ángeles estaban más debilitados y con ellos, el propio Jay. Y todo esto, llevó a que los hermanos se reuniesen de nuevo.
-¡Hey, tío! Ya puedes abrir los ojos, que te has quedado como tonto –Luc chasqueó los dedos delante del rostro de su hermano.
Sin duda Luc era bastante bipolar, al instante se preocupaba por Jay como luego podía gritarle igual que a un demonio inferior. Él le miró con cara de malas pulgas; siempre tenía la manía de cortar momentos relajados entre ellos de golpe. Rápidamente Jay se despejó y se puso en pie, batiendo las alas. Empezó a dar vueltas por la habitación.
-Entonces, ¿cuáles son las opciones que tenemos respecto a este molesto asunto? –dejó la pregunta en el aire.
-Exactamente, tres –respondió Luc-. Ninguna lo bastante positiva para ti me temo hermanito. Y mucho menos para los humanos.
-Lo suponía, Luc, pero me duele aceptar la muerte de tantos seres vivos –admitió Jay, bajando las alas apesadumbrado-. Allí en la Tierra hay familias buenas, niños inocentes, vidas a punto de ver la luz por primera vez, parejas enamoradas y gente intentando hacer el bien para los demás.
-Lo sé, claro que lo sé, pero por otra parte… -empezó Luc poniéndose frente a su hermano-. Hay familias que sufren por culpa de padres y maridos que se convierten en maltratadores y asesinos, niños que ya han matado a personas, vidas agotadas por pura maldad, parejas engañadas y gente que sólo dedica su vida a herir al resto de habitantes del planeta. Y por desgracia, éstos superan a los que tú proteges, éstos son los que han destruido ese mundo y lo han convertido en un cementerio que no deja de agrandarse y volverse cada vez más negro. Las almas que llegan al infierno con tanta maldad, son infecciosas para la cordura de mis demonios y las que llegan al cielo, han sufrido tanto que son ponzoñosas para tus ángeles. Si nuestros seres, que están hechos con parte de nosotros mismos, mueren, acabaremos igual que ellos. Y entonces no habrá vuelta atrás. Somos inmortales, sí, pero fabricamos nuestras propias armas y éstas se están volviendo en nuestra contra. Si nosotros desaparecemos, todo acabará para siempre.
-Puede que yo sea presumido, pero tú sufres un grave problema de egocentrismo. ¿Quién dice que tú y yo podemos ser el final? No fuimos el principio, nada indica que todo se acabe con nosotros –Jay se encogió de hombros con la mirada perdida en los grandes portones negros que daban a lo más profundo del llamado infierno-. Probablemente aparezcan nuevos representantes del orden y el caos; mejorados, claro, igual que hacemos con nuestros seres.
-No te me pongas filosófico, hermanito sensiblón…
-Lo que te ocurre, Luc, es que te duele saber que no somos tan importantes como pensábamos, ¿cierto?
Luc mantuvo sus alas erguidas, en tensión, pero no contestó. Su propio honor se lo impedía.
-Bueno, la eternidad nos afecta mucho mientras hablamos, siempre nos desviamos del asunto principal –murmuró Jay, más para si mismo que otra cosa-. En realidad supongo que es porque cuanto más se alargue esto, más tarde tendremos que tomar una decisión. ¿En qué piensas, hermano?
-No quiero destruir la Tierra, no con todos esos seres vivos que nos han acompañado tantos milenios –admitió Luc con una inusual tristeza en su voz-. Pero si lo dejamos tal y cómo está, acabará destruida sin nuestra ayuda.
De forma distraída, su mirada se centró en la pluma negra que su hermano tenía en el ala derecha. Mientras, su mano acariciaba la pluma blanca que destacaba por igual en su propia ala izquierda.
-Entonces, la opción de dejar que ese planeta desaparezca y la de borrar a sus habitantes, descalificadas, ¿no?
-Si llevamos a cabo el tercer plan, me parece lo mejor… -el oscuro gemelo cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia atrás.
Jay enarcó una ceja sin saber que hacía Luc, pero algo le decía que nada bueno.
-Yo que tú, hermanito, haría que tus ángeles volviesen todos a sus casas de tu idílica ciudad –le recomendó Luc.
-Esto… ¿puedo preguntar que te propones?
-Si de tres opciones, dos no valen, ya está todo decidido –contestó como si fuera obvio-. Cuanto antes empiecen mis demonios a trabajar, menos preocupaciones para ti y para mí. Todo volverá a la normalidad en un corto periodo de tiempo y estaremos tan contentos. Como si nada de esto hubiese sucedido jamás. ¡Abracadabra pata de cabra! Un bonito espectáculo de magia negra para todos los públicos. No será tan divertido como con los dinosaurios, pero mis demonios y yo nos lo pasaremos en grande.
Una enorme sonrisa se extendió por el rostro de Luc y sus ojos negros parecían arder como el carbón. Batió sus alas con fuerza y se elevó en el aire, demostrando su siniestro poder.
Jay entendió rápidamente que bullía en la mente de su gemelo. Muy pocas veces estaban de acuerdo en algo, pero ahora no había otro remedio. Su deber era proteger la vida en el universo, sin importar lo que eso conllevase. Cada vida era importante, pero también existía el bien común y eso era lo que estaba en peligro desde que los humanos comenzaron a ultrajar la Tierra.
-Hermanito, dale al coco para crear a nuestros nuevos juguetes. Que tus ángeles te ayuden y que así se distraigan –le sugirió-. Señores, señoras… ¡que empiece la diversión!
martes, octubre 05, 2010
Sombra
Sombra
Después de medianoche,
Cuando las estrellas acuden a la llamada de la luna,
Un sonido desgarrador rompe la paz nocturna.
De entre los árboles tus ojos grises relucen,
Ángel de día, demonio de noche
Luz a mi lado, sombra escondida.
Traicionado por tu familia,
En busca de un alma en caída;
Hijo del tiempo y hermano del viento.
Deja que tu fuego te hiele,
Que tu hielo te queme,
Deja que recorran tu cuerpo como olas de vida.
Despierta tus sentidos,
Confía en ti mismo y crea nuestro destino,
Sabes la verdad…
Moriría por tus besos fríos,
Inhumanos,
Besos de sombra.
miércoles, septiembre 29, 2010
Algo para regresar
Algo para regresar
Una señal, sólo una señal,
Es lo único que necesito,
Algo que me haga volver,
Hazme notar lo que quieres.
Sólo dilo, sólo una palabra,
Y regresaré a por ti,
Como si nunca me hubiese ido,
Como si todo fuese igual.
No estoy lejos, no soy un sueño,
Aunque deba recorrer el mundo,
Iré a buscarte hasta en la oscuridad,
Te devolveré cada día perdido.
No desapareceré de nuevo,
Si tú no lo deseas, no lo haré,
Y me quedaré a tu lado,
Seré tu guardián, tu guía.
Quiero que me confíes tus secretos,
Que nada nos separe ni un momento,
Hacerte llegar al cielo con un beso,
Regalarte un instante eterno.
Poder acariciar tu cuerpo,
Perderme en tus ojos de nuevo,
Embriagarme de tu fuego,
Ese es mi único deseo.
Una señal, sólo una señal,
Es lo único que necesito,
Algo que me haga volver,
Y apareceré a tu lado.
miércoles, junio 30, 2010
Ladrón Nocturno
Ladrón Nocturno
De repente algo sonó en el piso de abajo. Jenny abrió los ojos de golpe y salió de su habitación, descalza, mientras se frotaba la cara para despertarse. Bajó sigilosamente las escaleras y llegó al salón, escondiéndose tras el quicio de la puerta.
Allí, hurgando en la estantería que ocupaba toda la pared de enfrente, había una sombra negra, con una capucha y una linterna.
Jenny se acercó al paragüero que había a su lado, en el gran vestíbulo, y cogió el bastón de su abuelo, empuñándolo como arma. La chica estaba muerta de miedo, no sabía de dónde había sacado esa repentina valentía estando sola en la casa. Tal vez era porque aún estaba medio dormida y creía que todo era un sueño, o quizás porque quería descubrir que estaba buscando ese desconocido.
Por alguna razón, no se le pasó por la cabeza el llamar a la policía, sólo que tenía que hacer que se fuese. Se acercó silenciosamente al ladrón y se situó tras su espalda.
-Vete –susurró Jenny con tono serio.
La figura negra se dio la vuelta de golpe y la capucha se le deslizó hacia detrás, dejando el rostro de un chico moreno de pelo oscuro iluminado por el tenue resplandor de su linterna. Sus ojos verdes brillantes se abrieron como platos al verse sorprendido por la muchacha.
-¿Qué haces aquí? –preguntó mirando fijamente a Jenny, en posición defensiva. Su voz era levemente grave pero a la vez suave y melódica.
-¿Cómo que qué hago? –ella estaba asombrada por el descaro del ladrón y su atrayente rostro, pero aún mantenía el bastón en alto-. Esta es MI casa. Esa pregunta deberías responderla tú. Aunque no me importa. Márchate por donde has venido y no llamaré a la policía.
-No deberías estar aquí –replicó él sin cambiar su postura.
-Para una vez que estoy en la cama antes de las cinco de la madrugada un fin de semana, vienes tú y me lo echas en cara. –Jenny le miró con malas pulgas-. No sé que estarás buscando. Si es el dinero de mis padres, está todo en el banco. Las joyas de mi abuela están en la caja fuerte de su habitación y sólo ella sabe la combinación. En esta mansión no hay nada más, y mucho menos en la biblioteca del salón. Ahora, hazme el favor y sal de mi casa de una maldita vez, que tengo sueño y me duele la cabeza.
-No me iré sin lo que he venido a buscar –respondió el chico acercándose levemente hacia la muchacha.
-¡Bueno, pues ven otro día a por lo que sea! –le contestó ella de mal humor-. Dime lo que quieres y para entonces te lo daré con tal de que me dejes dormir, como si quieres varios de los grandes.
-No necesito dinero de unos ricachones como vosotros. Tu padre guarda aquí unos documentos que necesito y solo he venido a por ellos –susurró muy cerca de Jenny.
La chica empezó a retroceder, pero se tropezó con una enorme alfombra negra que adornaba parte del suelo. A punto estuvo de caer de espaldas, pero el ladrón tuvo rápidos reflejos y consiguió agarrarla por la cintura. Su linterna no tuvo tanta suerte.
Al notar las cálidas manos del muchacho sobre la piel que dejaba al descubierto el top de su pijama, Jenny se estremeció violentamente. Sus ojos se cerraron ante las sensaciones que recorrieron su cuerpo y escuchó como el bastón chocaba contra el suelo de madera al resbalar de sus manos.
El ladrón la observó en silencio, paseando la mirada por su tez oscura; sus carnosos y sonrosados labios entreabiertos; el suave rubor granate de sus tersas mejillas; sus ojos levemente achinados, ahora ocultos bajo los párpados; la pequeña y respingona nariz adornada por un diminuto piercing amarillo… A su parecer, era realmente hermosa.
El tiempo entre los dos parecía haberse detenido, apenas se oían sus respiraciones. Ninguno se movía, ninguno reaccionaba. Despacio, muy poco a poco, Jenny abrió los ojos y sus miradas se encontraron. Verde y negro. Ambos hipnotizados, ambos hechizados.
Él la atraía, con su aura de misterio, con su voz, su oscura presencia. Y ella a él, con su inocente valentía, con su rostro dulce, su infantil malhumor.
-¿Quién eres? –murmuró Jenny.
-No debería decírtelo –replicó él igual.
-Por favor…
-Eon –dijo finalmente en un suspiro-. Ya tienes a quien denunciar por allanamiento e intento de robo.
-No lo haré. ¿Ves a alguien por aquí haciendo eso? –susurró ella inclinándose ligeramente hacia Eon.
Él desvió su mirada a los labios de la chica. Ella lo notó y pudo observar los rasgos del muchacho. No tendría más de 25 años. Tenía los ojos grandes, labios un poco anchos, pómulos marcados y mandíbula fuerte, así como nariz chata con algunas pecas en ella. Nada parecido al tipo de chicos que le gustaban. Pero por otra parte, no podía negar que el contacto de su piel le quemaba, que sus orbes verdes la atrapaban, ni que se moría por probar el sabor de su boca.
Por eso, tal vez, cuando tuvo el rostro del ladrón a escasos tres centímetros del suyo; con un fuerte olor a madera de pino quemada, como de hoguera, embragando sus sentidos; no se movió, ni siquiera para retroceder de aquel desconocido. Simplemente esperó mientras se le escapaba un suspiro.
Eon estaba indeciso. Esa no era su intención al colarse en la gran mansión. Ni siquiera conocía a esa muchacha que tenía entre sus manos. Sólo había escuchado su nombre: Jenny Rowan, la única hija del famoso juez Marq Rowan. Necesitaba encontrar la carpeta del caso que mantenía a su hermano en prisión, nada más. Sabía que se hallaba en algún rincón de esa casa, ¿pero dónde?
Sus planes eran entrar, cogerlos y marcharse para no volver. Pero ahora estaba ella. Quería besarla. Necesitaba besarla. No se lo pensó más y simplemente lo hizo. No sabía cómo reaccionaría ella. Su corazón brincó de sorpresa cuando al roce de sus labios, Jenny le rodeó el cuello con los brazos y volvió a cerrar los ojos, quedando totalmente a la deriva, a su merced.
La mente de Jenny hervía de pensamientos contrarios. ¡Se estaba besando con un ladrón en su propia casa! Pero por otra parte, Eon era realmente atractivo y en realidad no había robado nada de la propiedad de los Rowan. No tenía nada que perder si dejaba al descubierto sus sentimientos, ¿no? Seguramente no le volvería a ver más, aunque por alguna razón esa idea no le agradaba tanto como debería.
Eon acarició los labios de la bella muchacha con la lengua mientras trazaba círculos con los pulgares de sus manos en su terso vientre.
-Esto no está bien –gimió Jenny cuando Eon le dio un lametón en la oreja.
-Nadie ha dicho que deba estarlo –replicó él antes de morderle suavemente el cuello.
miércoles, mayo 05, 2010
Errores
Errores
Por que sé que nadie me va cambiar,
Nadie podrá evitar que falle,
Aunque me avisen, aunque me griten,
Siento que me quiero equivocar.
Veo como a cada paso erróneo,
Por pequeño que su significado sea,
Hace que mi conciencia se estremezca,
Sabiendo que quizás ni yo me perdone.
Pero esta vez cambia mi suerte,
Un último intento por lograrlo,
Por conseguir mantenerte a mi lado,
Para mostrarte que no dejé de quererte.
Es entonces cuando te das cuenta,
Que nunca te había olvidado,
Y por fin percibes ese sentimiento,
Que, poco a poco, el corazón te llena.
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